r/escritosyliteratura • u/Cultucomopuedas • 56m ago
r/escritosyliteratura • u/deadpool3614 • 4h ago
IMPUNE: Capítulo 9 y 10 ya disponibles
Hola! Bonita noche a todos.
Les comparto que los capítulos 9 y 10 de mi novela de thriller IMPUNE ya se encuentran disponibles en Inkspired.
Pido disculpas por la demora de casi dos meses. Les informo también que en un principio esto iba a ser un solo capítulo, pero el contenido era demasiado extenso, así que tuve que dividirlo en dos partes. En estos capítulos muestro cómo los personajes procesan de distintas maneras el trauma provocado por lo ocurrido en el capítulo 8.
Una aclaración muy importante: la novela aún no ha concluido, solo falta un último capítulo más para llegar al final.
Por esta ocasión no incluiré un fragmento del capítulo; dado que son dos partes interconectadas, tendría que poner un pedazo de ambas y el post ya está bastante largo.
Les recuerdo que, debido a las restricciones de la comunidad, no puedo colocar enlaces directos en el texto, pero el enlace de mi novela está en mi perfil: solo tienen que tocar mi foto de usuario y ahí verán una pequeña sección que dice "Leer IMPUNE aquí gratis". La novela está completamente abierta al público sin costo en Inkspired.
Como siempre, estoy abierto a cualquier crítica, opinión o sugerencia.
Les mando un gran abrazo y que la pasen bien. ¡Saludos! 😄
r/escritosyliteratura • u/triloco • 4h ago
Tu mente necesita dirección cuando la vida parece no tener respuestas.
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r/escritosyliteratura • u/deiviiiddd • 7h ago
Busco feedback y opiniones
Porfavor escribidme y compartiré algún capítulo de lo que estoy escribiendo. Necesito feedback !!
r/escritosyliteratura • u/triloco • 11h ago
Lo que te pasó forma parte de tu historia, no de toda tu historia.
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r/escritosyliteratura • u/Langella2023 • 18h ago
Borges ya hizo el estudio de impacto de no morirse
Vivir para siempre suena genial hasta que lo leés en Borges. ¿Y si la inmortalidad no fuera un premio, sino una forma de desaparecer? (este video lo hacemos por sugerencia de u/arthurhenz3985).
En este videoensayo leemos despacio «El inmortal» (El Aleph, 1949) y rastreamos la misma idea en otros cuentos: Lazarus Morell, El Zahir, Las ruinas circulares, Los teólogos, El milagro secreto, Everything and Nothing y Borges y yo.
Hay cinco trampas: un manuscrito falso, una ciudad imposible, un troglodita que resulta ser Homero y una posdata donde el cuento confiesa que es un plagio. Spoiler: la única inmortalidad que Borges deja en pie es la literatura. Y tiene letra chica.
r/escritosyliteratura • u/Eastern-Ad-3152 • 19h ago
Si piden lectores beta para este fragmento de novela histórica
r/escritosyliteratura • u/CupPlane5716 • 20h ago
👋 Te damos la bienvenida a r/FantasiaLiteraria. ¡Preséntate y lee esto primero!
r/escritosyliteratura • u/hanniCrv • 21h ago
En tan solo Siete Minutos 4 honbres se robaron 102 millones de dólares en joyas.
Es un libro muy interesante. Revela detalles sobre el robo de las joyas Napoleonicas en Louvre. Cuando se cumple un año, el caso no a sido resuelto.
r/escritosyliteratura • u/novelas17 • 1d ago
Me encantaría recibir comentarios sobre mi historia 'E'L' 'P'U'E'B'L'O' 'D'E' 'L'A'S' '3':'1'7'
r/escritosyliteratura • u/StarMan_1984 • 1d ago
En algún lugar de mi mente
Nunca pensé que pudiera enamorarme tanto de alguien. Mucho menos imaginé que, después de todo, terminaría sintiéndome tan estúpido, tan cobarde y tan conformista conmigo mismo. No por haberla perdido, al menos no únicamente por eso, sino por haber tenido tantas oportunidades de decirle lo que sentía y haber elegido, una y otra vez, el silencio. Me cuesta aceptar que pude pasar noches enteras discutiendo sobre el sentido de la existencia, la libertad, el destino y todas esas cosas que creíamos comprender, mientras era incapaz de resolver la única pregunta que verdaderamente me importaba: qué habría pasado si le hubiera dicho que la quería.
Ahora que ya no la veo, que hizo su vida en otra parte, me quedé atrapado en un loop de futuros posibles que jamás podrán ser. A veces me descubro reconstruyendo conversaciones, cambiando mis respuestas, imaginando que en alguna de aquellas noches, entre una discusión absurda y una risa inesperada, finalmente tuve el valor de mirarla a los ojos y decirle la verdad. Pero esos recuerdos corregidos no cambian nada. Ella sigue estando lejos y yo sigo aquí, condenado a ensayar palabras para alguien que ya no está.
Lo más vergonzoso es que no puedo decir que no supe lo que sentía. Lo sabía. Quizás no desde el principio, quizás no con la claridad con la que lo entiendo ahora, pero hubo un momento en que su presencia dejó de ser una coincidencia agradable y se convirtió en algo que esperaba. Empecé a medir los días por las noches en las que podía verla, a encontrar motivos para quedarme un rato más, a sentir que algo faltaba cuando no aparecía. Y, aun así, seguí fingiendo que todo aquello era una amistad extraordinaria, una afinidad intelectual difícil de encontrar, una casualidad que no necesitaba explicaciones.
Me escondí detrás de las palabras porque las palabras eran el único lugar donde me sentía valiente. Podía discutir cualquier idea, cuestionar cualquier certeza y defender una postura hasta el agotamiento, pero cuando se trataba de ella, de lo que me provocaba su manera de pensar, de la ternura que me producía verla concentrada en un libro o de las ganas que tenía de tocarle la mano, me volvía un hombre lleno de reservas. Era ridículo. Podía desmontar los argumentos de cualquiera, pero construí una vida entera de argumentos para no confesarle lo que sentía.
Me decía que estaba concentrado en la licenciatura, que enamorarme sería una distracción, que no era el momento adecuado, que todavía tenía demasiadas cosas por resolver. Siempre encontraba una razón que sonaba lo suficientemente sensata como para justificar mi cobardía. Me convencía de que esperar era una forma de prudencia, como si los sentimientos fueran a permanecer intactos hasta que yo terminara de organizar mi vida. Como si ella tuviera la obligación de esperarme sin saber siquiera que había algo por lo que valía la pena esperar.
Y esa es una de las cosas que más me cuesta perdonarme: haber supuesto que el tiempo estaba de mi lado.
Nos desvelábamos tratando de imaginar un mundo mejor. Hablábamos durante horas, analizábamos hasta los detalles más insignificantes de cualquier tema que nos permitiera seguir juntos un poco más. Recuerdo sus monólogos improvisados, la manera en que sus ojos se iluminaban cuando descubría una conexión inesperada entre dos ideas, el pequeño gesto con el que humedecía sus labios después de hablar tanto que se quedaba sin saliva. Recuerdo ese suéter de lana que parecía pesar una tonelada y que, de solo pensarlo, todavía me produce picazón.
No recuerdo exactamente de qué hablábamos. Recuerdo cómo me sentía mientras ella hablaba.
Y me duele haber tardado tanto en comprender que esas noches no eran interminables, que cada despedida era una oportunidad que no necesariamente iba a repetirse, que no todas las personas que llegan a nuestra vida están destinadas a quedarse hasta que encontremos el momento perfecto para decirles lo que significan.
Yo quería que la noche siguiente llegara pronto. Quería encontrarla sentada en el mismo lugar, escuchar una nueva idea suya, verla indignarse por alguna injusticia que nadie más parecía advertir. Quería que me contara algo que hubiera descubierto durante el día para poder contradecirla, porque discutir con ella era una de las formas más extrañas y hermosas que había encontrado de sentirme acompañado.
Y, sin embargo, nunca me pregunté seriamente qué sucedería si una noche dejaba de aparecer.
Quizás porque me resultaba más cómodo imaginar que siempre habría otra oportunidad. Otra conversación, otra discusión, otra caminata, otro libro del que hablar. Me acostumbré tanto a su presencia que empecé a tratarla como si fuera una certeza, cuando en realidad nunca me había prometido nada.
Éramos tan distintos que hasta fingíamos despreciarnos en público. Nos escondíamos detrás de nuestras diferencias, de nuestras discusiones interminables, de esa necesidad absurda de demostrar quién tenía razón. En secreto, sin embargo, nos complementábamos de una manera que ninguno parecía dispuesto a reconocer. Éramos dos discutidores expertos, dos personas que encontraban refugio entre libros y argumentos, dos orgullosos que quizá sabían decirlo todo, excepto aquello que más necesitaban escuchar.
Ahora me pregunto cuántas veces ella habrá esperado algo de mí.
No sé si alguna vez quiso que la besara, si también se quedó despierta recordando una conversación nuestra o si alguna de aquellas miradas contenía una pregunta que yo decidí no contestar. No puedo atribuirle sentimientos que nunca me confesó. Esa es otra parte de mi castigo: no saber. Tener que vivir con la posibilidad de que ella también sintiera algo y con la posibilidad, igualmente dolorosa, de haberme equivocado por completo.
A veces pienso que su forma de aparecer en los lugares donde sabía que yo estaría era una manera de acercarse sin tener que admitir que me extrañaba. Cuando pasábamos más de una semana sin hablarnos, volvía a aparecer y me miraba con los ojos llenos de preguntas. Yo también tenía preguntas, pero convertía cada una en una excusa para mantener la distancia. Esperaba que fuera ella quien rompiera el silencio, como si dejar que el otro diera el primer paso pudiera protegernos de algo.
No sé qué pretendía demostrar. Que podía vivir sin ella, quizás. Que no necesitaba a nadie. Que mis sentimientos no tenían poder sobre mí. Qué ironía: ahora que ya no está, comprendo que pasé demasiado tiempo intentando demostrar que podía perderla, hasta que finalmente la perdí.
Lo peor es que ni siquiera puedo culparla por haberse marchado. ¿Cómo podría hacerlo? Ella tenía derecho a hacer su vida, a conocer a otras personas, a encontrar en otra parte lo que yo nunca me atreví a ofrecerle. No me debía una espera, una explicación ni una última oportunidad. Si alguna vez esperó algo de mí, yo nunca tuve el valor de averiguarlo.
Y aunque una parte de mí quisiera regresar a aquellos días y sacudirme por los hombros, obligarme a hablar, sé que no basta con imaginar que habría sido diferente. Quizás me habría rechazado. Quizás habríamos arruinado lo que teníamos. Quizás nos habríamos enamorado y, aun así, habríamos terminado separados. No tengo manera de saberlo.
Pero al menos habría sido una verdad y no esta interminable colección de hipótesis.
Creo que esa es la culpa que me acompaña: no saber si perdí una historia de amor o si nunca llegué a permitirme vivirla. Haber tenido algo que, sin ser mío, sentía tan cercano que confundí la posibilidad con una promesa. Haber sido valiente para tantas cosas insignificantes y cobarde justo donde más importaba.
Durante mucho tiempo creí que el amor podía esperar mientras uno resolvía sus asuntos, terminaba sus estudios y encontraba una versión más segura de sí mismo. Ahora sospecho que esa versión perfecta nunca llega. Que uno siempre tendrá miedo, siempre encontrará una razón para posponer lo importante y siempre podrá convencerse de que mañana será más fácil.
Hasta que el mañana deja de pertenecerte.
A veces todavía imagino que la encontraré sentada, leyendo, como tantas noches. Que levantaré la mirada y estará ahí, con ese suéter insoportable, preparada para defender alguna causa perdida. Imagino que volveremos a discutir, que me mirará con esa expresión suya, entre la indignación y la diversión, y que por una vez dejaré de buscar la respuesta correcta. Le diré que la extrañé. Que esperaba verla incluso cuando fingía que me daba igual. Que muchas de nuestras discusiones eran apenas una forma torpe de prolongar el tiempo a su lado.
Le diré que la quería.
Pero las fantasías tienen la crueldad de devolvernos por unos segundos aquello que la realidad nos ha quitado, solo para recordarnos que ya no podemos alcanzarlo.
Al final, fue ella quien me pidió un abrazo aquel día. No recuerdo si comprendí entonces la importancia de ese gesto. Quizás la abracé con la tranquilidad de quien cree que volverá a hacerlo, sin saber que estaba recibiendo una última oportunidad de acercarme a ella, aunque fuera de la única manera que me había permitido hasta entonces.
Me pregunto si notó cuánto quería quedarme ahí. Si sintió que había algo que no le estaba diciendo. Si esperó, siquiera por un instante, que yo la abrazara un poco más fuerte o que, al separarnos, encontrara finalmente las palabras.
No lo sé. Nunca lo sabré.
Y esa incertidumbre es lo que más pesa: no el abrazo que terminó, sino todo lo que dejé sin decir mientras todavía podía hacerlo.
Aquel día ninguno de los dos sabía que sería el último. Ella me pidió un abrazo y yo se lo di. No hubo una despedida extraordinaria, ninguna frase digna de ser recordada, ninguna señal que me permitiera comprender que estaba viviendo uno de esos momentos que solo adquieren su verdadero significado cuando ya es imposible regresar a ellos.
Si hubiera sabido que era la última vez, quizás la habría abrazado de otra manera. Quizás le habría dicho que no quería que se fuera, aunque no tuviera derecho a pedírselo. Quizás habría dejado de pensar tanto y habría hecho, por una vez, aquello que llevaba tanto tiempo pensando.
Pero no lo sabía.
Y todavía hoy intento decidir qué me duele más: no haber sabido que era la última vez o reconocer que, incluso cuando creía que habría muchas más, tampoco me atreví a decirle que la quería.
Porque ahora entiendo que no todas las cobardías consisten en huir. Algunas consisten en quedarse, noche tras noche, al lado de alguien a quien uno ama, y comportarse como si todavía tuviera todo el tiempo del mundo.
Yo me quedé.
Ella se fue.
Y yo sigo intentando perdonarme por todas las veces que pude haberle dicho que la amaba y elegí, en cambio, tener razón.
r/escritosyliteratura • u/VanessaTW20 • 1d ago
Macbeth tenía razón. O eso creía.
r/escritosyliteratura • u/Mi_cito_728716 • 1d ago
Regurgitar de recuerdos
He estado mirando mi forma de pensar. Cierro mis ojos y miro dentro de mi mente, pero no logro ver qué es lo que tengo; solo veo oscuridad, y desde aquella nacen momentos recreados con una pequeña parte de imaginación.
Me pasa seguido el mirar y decaer. Cerrar los ojos no me hace dejar de pensar, me hace recrear los momentos sin lograr tolerar. Sus sustancias corrosivas se esparcen por mi cuerpo y me generan coraje; mis venas explotan y vuelven mi carne tóxica y morada, mis tendones se rompen, pues me pongo rígido de recrear, mis músculos deforman mi cara y no me dejan expresarme, encogen mis puños para no señalar, y mis intestinos se retuercen, pues es mi defensa para no recrear.
No puedo tolerar tales cosas vistas por mí. Aunque me guarde mis pensamientos, igual no me dejarán dormir..
r/escritosyliteratura • u/LoboAlpha74 • 1d ago
Different way 👀 at stress.
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r/escritosyliteratura • u/historias_sinI • 1d ago
Destino
Cuando Dracuz murió, le ofrecieron dos castigos.
El primero: mil años de tortura brutal.
El segundo: repetir, por toda la eternidad, el mejor día de su vida, con apenas pequeños cambios cada cierto tiempo.
No dudó. Eligió el segundo.
—¿Quién no querría vivir para siempre su día perfecto? —dijo.
Al principio, todo era exactamente como siempre había deseado.
Por la mañana encontraba mermelada de fresa para su sándwich. Iba en monociclo mientras se burlaba del cartero. Asistía a su clase de baile. Cuatro mujeres lo coqueteaban. Comía papas fritas de McDonald’s. Dormía abrazado a su osito de peluche. Se sentía emocionado, ligero, vivo.
Para el séptimo día ya estaba más tranquilo.
La mermelada era de mora. El monociclo se había convertido en bicicleta. Se burlaba de la vecina en lugar del cartero. Las papas eran de Burger King. El osito seguía ahí.
Para el día catorce ya se sabía la jornada de memoria.
Mermelada de naranja. Se burlaba del profesor de baile. Apartaba a las mujeres con molestia. Pedía aros de cebolla. Esa noche durmió solo. Sin el osito. Y soñó con una serpiente que se devoraba a sí misma y nunca alcanzaba el final.
Empezó a comprender.
Para el día treinta ya no soportaba más.
No fue a la clase de baile. Rompió el osito. Empujó a las mujeres.
Al día siguiente casi todo se reinició… excepto el osito. No volvió.
Era su favorito. Esa ausencia lo enfureció más que cualquier otra cosa.
Cuando el profesor de danza apareció mientras Dracuz conducía su motocicleta, no pensó. Solo actuó. Lo mató.
La policía lo arrestó.
Al día siguiente, la policía había olvidado por qué estaba detenido y lo liberó.
Al profesor lo registraron simplemente como “desaparecido”. Nunca más se lo volvió a ver. Otro ocupó su lugar.
Dracuz siguió existiendo.
Un día subió unas escaleras y abrió una puerta. Detrás de ella encontró silencio. Pudo descansar. Mucho tiempo.
Hasta que se dieron cuenta y lo empujaron de nuevo a su castigo.
Cuando cayó, comprendió que habían pasado treinta y cinco años.
El cartero era un anciano.
La vecina era una anciana y su perro ya no era más que huesos bajo tierra.
El profesor de matemáticas estaba en sus últimos días.
Entonces entendió la verdadera naturaleza de su condena.
No era un bucle del mundo.
Solo las mentes de los demás se reiniciaban cada veinticuatro horas.
Sus cuerpos, en cambio, envejecían, se deterioraban y morían.
Ellos vivían vidas incompletas: días idénticos en cuerpos que se apagaban sin que jamás pudieran recordarlo.
Dracuz era el único que recordaba.
El único que acumulaba tiempo.
El único que envejecía de verdad.
Sería el último humano con vida.
Cuando la última estrella se apague, él será el último ser humano que la vea.
Ese día su castigo terminará.
Y Dracuz lo espera.
Con una paciencia que ya no es humana.
r/escritosyliteratura • u/DCCARE1 • 1d ago
Las Condolencias - Audiocuento de humor negro - D.C Care
r/escritosyliteratura • u/MaximilianoArias • 1d ago
Altamarina:sueños bajo la cupula poster #3
r/escritosyliteratura • u/Informal_Mark5431 • 1d ago
EL IDENTIALISMO COMO FASE SUPERIOR DEL DUALISMO (o la revelación del Che Guevara)
Estos pensamientos estaban destinados originalmente a la revista de las fuerzas armadas cubanas Oliva Verde. Pero insistir ahora en ese tipo de detalles resultaría absurdo, cuando sabemos con certeza que todo el plano de la existencia —donde se publican revistas y actúan fuerzas armadas— no es más que una sucesión de momentos de conciencia, unidos únicamente por el hecho de que en cada nuevo momento surge la noción de los anteriores.
Aunque esta secuencia se extiende sin interrupción desde un pasado sin principio, la conciencia nunca llega a volverse consciente de sí misma. Por eso, la condición del ser humano en la vida es lamentable.
Sin embargo, el gran luchador por la liberación de la humanidad, Siddhartha Gautama, señaló en numerosas enseñanzas que la causa principal de esta lamentable condición reside, ante todo, en la propia idea de la existencia del hombre, de la vida y de su carácter penoso; es decir, en el dualismo, que obliga a dividir en sujeto y objeto aquello que en realidad nunca ha existido ni existirá.
Siddhartha Gautama logró transmitir esta sencilla verdad a muchas personas porque, en su tiempo, sus sentimientos eran simples y poderosos, y su mundo interior, claro y no perturbado. Una sola palabra podía transformar por completo la vida de un ser humano y trasladarlo instantáneamente a la otra orilla, hacia una libertad sin límites.
Pero desde entonces han pasado muchos siglos. Hoy las palabras de Buda están al alcance de todos, y sin embargo son pocos los que encuentran la salvación. Esto se debe, sin duda, a una nueva situación cultural, que los antiguos textos de todas las religiones denominaban la inminente «edad oscura».
¡Camaradas!
Esa edad oscura ya ha comenzado. Y está relacionada, ante todo, con el papel que han pasado a desempeñar en la vida humana los llamados generadores psíquico-visuales, o los objetos de segundo tipo.
Cuando Buda hablaba de que el dualismo surge de la división convencional del mundo en sujeto y objeto, se refería a la división sujeto-objeto número uno. La principal característica distintiva de la edad oscura es que la influencia decisiva en la vida humana la ejerce la división sujeto-objeto número dos, que en tiempos de Buda simplemente no existía.
Para explicar qué se entiende por objetos número uno y objetos número dos, tomemos un ejemplo sencillo: el televisor.
Cuando el televisor está apagado, es un objeto número uno. No es más que una simple caja con una pantalla que podemos mirar o no. Cuando la mirada de una persona se posa sobre la pantalla oscura, el movimiento de sus ojos está determinado exclusivamente por impulsos nerviosos internos o por procesos psíquicos que tienen lugar en su conciencia.
Por ejemplo, puede notar que la pantalla está manchada de moscas. O pensar que sería buena idea comprar un televisor el doble de grande. O decidir que convendría colocarlo en otro rincón. Un televisor apagado no se diferencia en nada de los objetos con los que trataban las personas en tiempos de Buda, ya fuera una piedra, el rocío sobre un tallo de hierba o una flecha con la punta bifurcada; en una palabra, todo aquello que Buda solía poner como ejemplo en sus enseñanzas.
Pero cuando el televisor se enciende, se transforma de objeto número uno en objeto número dos. Se convierte en un fenómeno de naturaleza completamente distinta. Y aunque quien mira la pantalla no percibe esta metamorfosis habitual, se trata de una transformación colosal.
Para el espectador, el televisor deja de existir como objeto material dotado de peso, dimensiones y otras cualidades físicas. En su lugar surge la sensación de estar presente en otro espacio, bien conocida por todos.
¡Camaradas!
La cuestión es únicamente quién está presente. ¿Puede decirse que es el propio espectador? Repitamos la pregunta, porque es fundamental: ¿puede decirse que quien ve la televisión es el mismo que la está mirando?
Sostenemos que no. Y he aquí por qué.
Cuando una persona observaba un televisor apagado, el movimiento de sus ojos y el flujo de su atención estaban gobernados por sus propios impulsos volitivos, aunque fueran caóticos. La pantalla oscura, carente de toda imagen, no ejercía ninguna influencia sobre ellos, o lo hacía únicamente como fondo.
Un televisor encendido casi nunca muestra una imagen estática desde una cámara fija, por lo que lo que aparece en la pantalla no es un simple fondo. Por el contrario, la imagen cambia de forma intensa. Cada pocos segundos se produce un corte, un acercamiento a algún objeto o un cambio a otra cámara: la imagen es modificada de manera continua por el operador y el director que está detrás de él. Este proceso recibe el nombre de tecnomodificación.
Aquí os pedimos la máxima atención, ya que la idea siguiente resulta algo difícil de comprender, aunque en esencia es muy simple. Además, puede surgir la impresión de que se trata de algo secundario. Nos permitimos señalar que estamos ante el fenómeno psíquico más importante de finales del segundo milenio.
A cada cambio de imagen en la pantalla, producido por las distintas tecnomodificaciones, puede hacerse corresponder un proceso psíquico hipotético que llevaría al observador a desplazar su atención de un acontecimiento a otro y a destacar lo más significativo de lo que sucede, es decir, a dirigir su atención exactamente del mismo modo en que lo hace por él el equipo de realización.
Así surge un sujeto virtual de ese proceso psíquico, que, durante la emisión televisiva, existe en lugar de la persona, introduciéndose en su conciencia como una mano que se introduce en un guante de goma.
Es parecido a un estado de posesión espiritual; la diferencia es que ese espíritu no existe, y lo único que existen son los síntomas de la posesión. Este espíritu es puramente convencional, pero en el momento en que el telespectador confía al equipo de realización la tarea de redirigir arbitrariamente su atención de un objeto a otro, es como si se convirtiera en ese espíritu; y ese espíritu, que en realidad no existe, se apodera de él y de millones de otros espectadores.
Lo que ocurre puede llamarse, con propiedad, una experiencia de inexistencia colectiva, ya que el sujeto virtual que sustituye la conciencia del espectador no existe en absoluto: no es más que un efecto surgido de los esfuerzos colectivos de montadores, operadores y del director. Y, sin embargo, para quien mira la televisión no hay nada más real que ese sujeto virtual.
Más aún. Labsang Suchong, del monasterio de Pu Er, sostiene que si un determinado programa —por ejemplo, un partido de fútbol— fuera visto simultáneamente por más de cuatro quintas partes de la población de la Tierra, este efecto virtual podría llegar a desplazar de la conciencia colectiva la visión kármica del plano humano de la existencia, con consecuencias imprevisibles (no es descartable que, junto al infierno del metal fundido, el de los árboles-cuchillo y otros semejantes, surja un nuevo infierno: el de un campeonato de fútbol eterno). Pero sus cálculos no han sido verificados y, en cualquier caso, pertenecen al futuro. A nosotros no nos interesan las aterradoras perspectivas del mañana, sino la no menos inquietante realidad del presente.
Saquemos una primera conclusión. Al objeto número dos, es decir, al televisor encendido, le corresponde un sujeto número dos, es decir, el espectador virtual, que dirigiría su atención del mismo modo en que lo hace el equipo de realización. Los sentimientos y pensamientos, la liberación de adrenalina y de otras hormonas en el organismo del espectador, vienen dictados desde el exterior y obedecen a un cálculo ajeno. Y, por supuesto, el sujeto número uno no percibe el momento en que es desplazado por el sujeto número dos, ya que, una vez producido el desplazamiento, ya no hay nadie que pueda percibirlo: el sujeto número dos es irreal.
Pero no es simplemente irreal (en el fondo, esta palabra puede aplicarse a todo en el mundo humano). No existen palabras capaces de describir el grado de su irrealidad. Es una superposición de inexistencias, un castillo en el aire cuyo fundamento es un abismo. Cabe preguntarse: ¿para qué enredarse en estas inexistencias, midiendo el grado de su irrealidad? Pero la diferencia entre los sujetos del primer y del segundo tipo es fundamental.
El sujeto número uno cree que la realidad es el mundo material. El sujeto número dos, en cambio, cree que la realidad es el mundo material tal como aparece en la televisión.
Al ser producto de una falsa división sujeto-objeto, el sujeto número uno es ilusorio. Pero el movimiento caótico de sus pensamientos y estados de ánimo tiene, al menos, un espectador: en términos metafóricos, puede decirse que el sujeto número uno contempla constantemente un programa de televisión sobre sí mismo, olvidando poco a poco que es el espectador e identificándose con el programa.
Desde este punto de vista, el sujeto número dos es algo absolutamente asombroso e indescriptible: un programa de televisión que contempla a otro programa de televisión. En este proceso intervienen emociones y pensamientos, pero está completamente ausente aquel en cuya conciencia surgen.
El cambio rápido de un canal a otro, al que se recurre para evitar la publicidad, se denomina zapping. El pensamiento burgués ha estudiado con bastante detalle el estado psíquico de quien se entrega al zapping y el tipo de pensamiento correspondiente, que poco a poco se convierte en el modo dominante en el mundo moderno. Pero el tipo de zapping analizado por los investigadores de este fenómeno corresponde al cambio de programas realizado por el propio espectador.
El cambio del telespectador, controlado por el director y el operador (es decir, la inducción forzada del sujeto número dos como resultado de las tecnomodificaciones), es otro tipo de zapping, de carácter violento y forzado, cuyo estudio está prácticamente cerrado en todos los países, excepto en Bután, donde la televisión está prohibida.
Pero el zapping forzado, en el que el televisor se convierte en un mando a distancia del telespectador, no es simplemente uno de los métodos de organización de la imagen, sino la base misma de la retransmisión televisiva, el principal mecanismo de influencia del campo publicitario e informativo sobre la conciencia.
Por ello, el sujeto de segundo tipo será designado en adelante como Homo Zapiens, o HZ.
Repitamos esta conclusión extraordinariamente importante: del mismo modo que el telespectador, al no querer ver un bloque publicitario, cambia de canal, las tecnomodificaciones instantáneas e imprevisibles de la imagen cambian al propio telespectador.
Al entrar en el estado de Homo Zapiens, él mismo se convierte en un programa de televisión controlado a distancia. Y en ese estado pasa una parte considerable de su vida.
¡Camaradas!
La condición del hombre moderno no es simplemente lamentable: podría decirse que está ausente, porque el hombre casi no existe. No hay nada que pueda señalarse y decir: «Esto es Homo Zapiens».
HZ no es más que el débil resplandor del fósforo de un alma dormida; una película sobre el rodaje de otra película, proyectada en una casa vacía.
Surge entonces la pregunta: ¿por qué el hombre moderno ha llegado a esta situación? ¿Quién intenta sustituir al ya extraviado Homo Sapiens por un metro cúbico de vacío en estado de HZ?
La respuesta, por supuesto, es clara: nadie. Pero no nos detengamos en el amargo absurdo de la situación. Para comprenderla más profundamente, recordemos que la razón principal de la existencia de la televisión es su función publicitaria, vinculada al movimiento del dinero. Por ello, debemos dirigirnos al ámbito del pensamiento humano conocido como economía.
La economía es una pseudociencia que estudia las relaciones ilusorias entre sujetos de primer y segundo tipo, dentro del proceso alucinatorio de su enriquecimiento imaginario.
Desde el punto de vista de esta disciplina, cada persona es una célula de un organismo que los economistas antiguos llamaban Mammon, y que en los materiales del Frente de Liberación Total y Definitiva se denomina simplemente Oranus (una combinación de «oral» y «anus», es decir, de boca y ano). Este término refleja mejor su verdadera naturaleza y deja menos margen para especulaciones místicas.
Cada una de estas células —es decir, el ser humano considerado en su función económica— posee una peculiar membrana sociopsíquica que permite el paso del dinero (que desempeña en el organismo de Oranus el papel de sangre o linfa) hacia el interior y el exterior.
Desde el punto de vista económico, la tarea de cada célula de Oranus consiste en dejar entrar la mayor cantidad posible de dinero y dejar salir la menor posible.
Pero el imperativo de la existencia de Oranus como organismo en su conjunto exige que su estructura celular sea bañada por un flujo de dinero en constante crecimiento. Por ello, en el curso de su evolución (se encuentra en una fase cercana al nivel de un molusco), Oranus desarrolla una especie de sistema nervioso primitivo, el llamado «media», cuya base es la televisión.
Este sistema nervioso envía impulsos a través de su organismo virtual que regulan la actividad de las células-mónadas.
Existen tres tipos de impulsos «wow» (de la interjección comercial «wow»): el oral, el anal y el de supresión.
El impulso «wow» oral obliga a la célula a absorber dinero para eliminar el sufrimiento provocado por el conflicto entre la autoimagen y la imagen del «superyó» ideal creada por la publicidad. Conviene señalar que no se trata de las cosas que pueden comprarse con dinero para encarnar ese «yo» ideal, sino del dinero mismo.
En efecto, muchos millonarios visten harapos y conducen coches baratos; pero para poder permitirse eso, hay que ser millonario. Un mendigo, en la misma situación, sufriría de manera insoportable una disonancia cognitiva, por lo que muchas personas pobres intentan vestirse bien y con elegancia, gastando en ello el poco dinero que les queda.
El impulso «wow» anal obliga a la célula a expulsar dinero para experimentar placer cuando coinciden las imágenes mencionadas.
Dado que las dos acciones descritas —la absorción de dinero y su expulsión— se contradicen entre sí, el impulso «wow» anal actúa de forma encubierta, y la persona cree sinceramente que el placer no está ligado al acto mismo de gastar dinero, sino a la posesión de tal o cual objeto.
Aunque es evidente que, por ejemplo, un reloj de cincuenta mil dólares, como objeto físico, no puede proporcionar más placer que uno de cincuenta, todo depende de la cantidad de dinero.
Los impulsos «wow» oral y anal reciben su nombre por analogía con las funciones esfinterianas, aunque sería más exacto compararlos con la inhalación y la exhalación: la sensación que provocan se asemeja a una especie de asfixia psíquica o, por el contrario, a una hiperventilación.
La estimulación «wow» alcanza su máxima intensidad en la mesa de juego de un casino o durante las especulaciones en la bolsa, aunque los mecanismos de esta estimulación pueden ser muy diversos.
El impulso «wow» de supresión elimina y desplaza de la conciencia todos los procesos psíquicos que podrían interferir con la completa identificación con la célula de Oranus. Surge cuando en el estímulo psíquico están ausentes los componentes oral y anal.
Este impulso de supresión funciona como un jammer, un dispositivo que bloquea la emisión de una emisora no deseada generando intensas interferencias. Su acción queda perfectamente expresada en los proverbios «Money talks, bullshit walks» («El dinero habla, la mierda calla») y «If you are so clever, show me your money» («Si eres tan listo, enséñame tu dinero»).
Sin este mecanismo, Oranus no podría obligar a las personas a desempeñar el papel de sus células. Bajo la acción del impulso de supresión, que bloquea todos los procesos psíquicos sutiles no directamente relacionados con el movimiento del dinero, el mundo comienza a percibirse exclusivamente como una encarnación de Oranus.
Esto conduce a un resultado inquietante. Así describía sus visiones un agente de la bolsa inmobiliaria de Londres: «El mundo es el lugar donde los negocios se encuentran con el dinero».
No será una exageración afirmar que este estado psíquico está ampliamente extendido. Todo aquello de lo que se ocupan la economía, la sociología y los estudios culturales modernos no es, en esencia, más que la descripción de los procesos de intercambio y de los procesos somáticos en Oranus.
Por su naturaleza, Oranus es un organismo virtual primitivo de tipo parasitario. Pero su particularidad consiste en que no se adhiere a un único organismo donante, sino que convierte a otros organismos en sus propias células.
Cada una de sus células es un ser humano con posibilidades ilimitadas y con un derecho natural a la libertad. La paradoja es que Oranus, como organismo, se sitúa evolutivamente muy por debajo de cualquiera de sus células. Le son inaccesibles tanto el pensamiento abstracto como incluso la autorreflexión.
Podría decirse que el famoso ojo dentro del triángulo representado en el billete de un dólar en realidad no ve nada. Simplemente está pintado sobre la superficie de la pirámide por un artista de la ciudad de Odesa, y nada más. Por eso, para no inquietar a los conspiracionistas propensos a la esquizofrenia, sería más correcto cubrirlo con una venda negra…
Oranus no tiene ni oídos, ni nariz, ni ojos, ni mente. Y, por supuesto, no es en absoluto una encarnación del mal ni una criatura infernal, como afirman muchos representantes del negocio religioso. En sí mismo no desea nada, ya que es incapaz de desear lo abstracto.
Es un pólipo carente de sentido, privado de emociones e intenciones, que traga y expulsa el vacío. Y, sin embargo, cada una de sus células es potencialmente capaz de comprender que no es en absoluto una célula de Oranus, sino que, por el contrario, Oranus no es más que uno de los insignificantes objetos de su mente.
Precisamente para bloquear esta posibilidad, Oranus necesita el impulso «wow» de supresión.
En el pasado, Oranus poseía únicamente un sistema nervioso vegetativo; la aparición de los medios electrónicos significa que, en el curso de su evolución, ha desarrollado un sistema nervioso central.
La principal terminación nerviosa de Oranus, que alcanza hoy a cada individuo, es la televisión. Ya hemos hablado de cómo la conciencia del telespectador es sustituida por la del Homo Zapiens virtual. Veamos ahora el mecanismo de acción de los tres impulsos «wow».
El ser humano, en estado normal, es teóricamente capaz de reconocer estos impulsos y oponerse a ellos. Pero el Homo Zapiens, inconscientemente fusionado con el programa televisivo, ya no es una persona, sino simplemente un estado.
El sujeto número dos es incapaz de analizar lo que ocurre, del mismo modo que no puede hacerlo una grabación del canto de un gallo. Incluso la ilusión de una evaluación crítica de lo que sucede en la pantalla forma parte del proceso psíquico inducido.
Cada pocos minutos, en el programa televisivo —es decir, en la conciencia del sujeto número dos— se emite un bloque publicitario, cada uno de cuyos elementos constituye una compleja y cuidadosamente elaborada combinación de impulsos «wow» orales, anales y de supresión, que resuenan con diferentes estratos culturales de la psique.
Si trazamos una analogía aproximada con los procesos físicos, resultará que primero se induce al paciente al sueño (es decir, el sujeto número uno es desplazado por el sujeto número dos), y luego se lleva a cabo una sesión acelerada de hipnosis, fijando la memoria de todas sus etapas mediante una asociación refleja condicionada.
En algún momento, el sujeto número dos apaga el televisor y vuelve a convertirse en sujeto número uno, es decir, en una persona corriente. A partir de entonces, deja de recibir directamente los tres impulsos «wow». Pero aparece un efecto semejante a la magnetización residual.
La mente comienza a generar por sí misma esos mismos impulsos. Surgen espontáneamente y actúan como un fondo sobre el cual aparecen todos los demás pensamientos. Si en el estado de HZ el sujeto está expuesto a la acción de los tres impulsos «wow», al regresar a su estado normal queda sometido a la acción de tres factores «wow», generados automáticamente por su propia mente.
La exposición constante y regular al estado de HZ, junto con la acción del impulso «wow» de supresión, conduce a la formación en la conciencia de una especie de filtro que solo permite absorber aquella información saturada de contenido «wow» oral-anal. Por ello, el individuo ni siquiera llega a plantearse la cuestión de su verdadera naturaleza.
Pero ¿cuál es su verdadera naturaleza?
Debido a una serie de circunstancias en las que no podemos detenernos aquí, cada cual solo puede responder a esta pregunta por sí mismo. Por miserable que sea la condición del ser humano corriente, aún conserva la posibilidad de encontrar una respuesta. En cambio, para el sujeto número dos, esta posibilidad no existe, puesto que él mismo no existe.
Sin embargo —y quizá precisamente por ello— el sistema mediático de Oranus, que difunde por el espacio informativo los tres impulsos «wow», plantea al HZ la cuestión de la autoidentificación.
Y aquí comienza lo más interesante y paradójico. Dado que el sujeto número dos carece de naturaleza interna, su única posibilidad de respuesta consiste en definirse a través de una combinación de objetos materiales mostrados por la televisión, que evidentemente no son él ni forman parte de él.
Esto recuerda a la teología apofática, en la que Dios se define por lo que no es; solo que aquí nos encontramos ante una antropología apofática.
Para el sujeto número dos, la respuesta a la pregunta «¿Qué soy yo?» solo puede formularse así: «Soy aquel que conduce tal coche, vive en tal casa y viste tal ropa».
La autoidentificación solo es posible mediante la elaboración de una lista de productos consumidos, y la transformación únicamente a través de su modificación. Por eso, la mayoría de los objetos publicitados se asocian a determinados tipos de personalidad, rasgos de carácter o inclinaciones.
Como resultado, surge una combinación bastante convincente de estas cualidades y rasgos, capaz de producir la impresión de una personalidad real. El número de combinaciones posibles es prácticamente ilimitado, y la posibilidad de elección también.
La publicidad lo formula así: «Soy una persona tranquila y segura de sí misma, por eso compro zapatillas rojas».
El sujeto de segundo tipo que desea añadir a su colección la tranquilidad y la seguridad en sí mismo lo consigue recordando que debe comprar zapatillas rojas, lo cual se realiza bajo la acción del factor «wow» anal.
En el caso clásico, la estimulación oral-anal se cierra en un bucle, como en el conocido ejemplo de la serpiente que se muerde la cola: se necesita un millón de dólares para comprar una casa en un barrio caro; la casa es necesaria para tener un lugar donde caminar con zapatillas rojas; y las zapatillas rojas son necesarias para adquirir la tranquilidad y la seguridad en sí mismo que permiten ganar un millón de dólares para comprar una casa en la que poder caminar con zapatillas rojas, adquiriendo así tranquilidad y seguridad.
Cuando la estimulación oral-anal se cierra en un bucle, puede considerarse que el objetivo de la magia publicitaria ha sido alcanzado: surge una estructura ilusoria que carece de centro, aunque todos los objetos y cualidades se relacionan a través de la ficción de ese centro, denominada identity («identidad», «mismidad»).
Identity es un sujeto de segundo tipo en una fase de desarrollo en la que es capaz de existir de forma autónoma, sin la activación constante de los tres impulsos «wow», sino únicamente bajo la acción de tres factores «wow» residuales, generados por su propia mente.
Identity es un falso ego, y con esto basta. El pensamiento burgués, al analizar la situación del hombre moderno, considera que atravesar identity para regresar al propio ego constituye una enorme hazaña espiritual. Puede que así sea, porque el ego no existe de manera relativa, mientras que identity no existe en absoluto.
El problema es que esto es imposible, ya que no hay desde dónde, hacia dónde ni quién pueda abrirse paso. A pesar de ello, podemos admitir que consignas como «¡De vuelta al ego!» o «¡Adelante hacia el ego!» adquieren en esta situación, si no sentido, al menos una justificación estética.
La superposición de los tres impulsos «wow» sobre los procesos más sutiles de la psique humana da lugar a toda la mediocre diversidad de la cultura contemporánea. Aquí desempeña un papel especial el impulso de supresión. Es semejante al estruendo de un martillo neumático que ahoga todos los demás sonidos.
Todos los estímulos externos, salvo los «wow» oral y anal, son filtrados, y la persona pierde interés por todo aquello que no contenga un componente oral o anal.
En este breve trabajo no abordamos el aspecto sexual de la publicidad, pero señalemos que el sexo resulta cada vez más atractivo únicamente porque simboliza una energía vital susceptible de transformarse en dinero —y no al contrario. Cualquier psicoanalista competente puede confirmarlo.
En última instancia, el hombre contemporáneo experimenta una profunda desconfianza hacia casi todo aquello que no esté relacionado con la absorción o la expulsión de dinero.
En el plano externo, esto se manifiesta en que la vida se vuelve cada vez más aburrida, y las personas cada vez más calculadoras y secas. En la ciencia burguesa se tiende a explicar este nuevo código de comportamiento como un intento de preservar y conservar la energía emocional, en relación con las exigencias de la economía corporativa y del modo de vida moderno.
En realidad, las emociones no disminuyen en la vida humana. Pero la acción constante del factor «wow» de supresión conduce a que toda la energía emocional del individuo se canalice hacia el ámbito de los procesos psíquicos relacionados con la temática «wow» oral o anal.
Muchos especialistas burgueses perciben instintivamente el papel de los medios de comunicación en este cambio de paradigma, pero, como decía el camarada Allende hijo, «buscan un gato negro que nunca existió en una habitación oscura que nunca existirá».
Incluso cuando afirman que la televisión es una prótesis de un «yo» encogido y marchito, o que los medios inflan una personalidad que se ha vuelto irreal, siguen pasando por alto lo esencial.
Solo puede volverse irreal una personalidad que alguna vez fue real. Para encogerse y marchitarse, ese «yo» habría tenido que existir.
Más arriba, así como en nuestros trabajos anteriores (véase «La cuestión rusa y Sendero Luminoso»), hemos mostrado el carácter erróneo de este enfoque.
Bajo la acción del factor «wow» de supresión, la cultura y el arte de la Edad Oscura se reducen a la temática oral-anal. La característica principal de este arte puede definirse brevemente como boca-culismo.
La bolsa negra llena de fajos de billetes de cien dólares se ha convertido ya en un símbolo cultural fundamental y en el elemento central de la mayoría de películas y libros, mientras que la trayectoria de su movimiento a través de la vida constituye el principal motivo estructurador de la trama.
Más exactamente, es la presencia de esta gran bolsa negra en la obra lo que genera el interés emocional del público por lo que sucede en la pantalla o en el texto.
Conviene señalar que, en algunos casos, la bolsa de dinero no aparece directamente; en tal situación, su función la desempeña bien la participación de las llamadas «estrellas», de las que se sabe con certeza que la poseen en su casa, bien la insistente información sobre el presupuesto de la película y su recaudación.
Y en el futuro, ninguna obra de arte se creará «porque sí»; no está lejos el momento en que aparezcan libros y películas cuyo contenido principal será la glorificación encubierta de «Coca-Cola» y los ataques contra «Pepsi-Cola», o viceversa.
Bajo la acción de la red de impulsos oral-anales, en el individuo se forma un auditor interno (la versión propia de la época de mercado del «comité del partido interior»).
Este auditor evalúa constantemente la realidad, reduciéndola a una valoración de la propiedad, y cumple una función punitiva, obligando a la conciencia a sufrir de manera indecible a causa de la disonancia cognitiva.
Al impulso «wow» oral le corresponde la etiqueta «loser» («perdedor»), que el auditor interno despliega. Al impulso «wow» anal le corresponde la etiqueta «winner» («ganador»). Al impulso «wow» de supresión le corresponde el estado en que el auditor interno exhibe simultáneamente ambas etiquetas.
Pueden distinguirse varios tipos estables de identity. Son los siguientes:
a) tipo «wow» oral (el patrón predominante en torno al cual se organiza la vida psíquica y emocional es la ansiosa aspiración al dinero);
b) tipo «wow» anal (el patrón predominante es la voluptuosa expulsión de dinero o la manipulación de objetos que lo sustituyen, fenómeno también denominado exhibicionismo «wow» anal);
c) tipo «wow» reprimido (en posible combinación con cualquiera de los dos anteriores): cuando se alcanza una sordera casi total a todos los estímulos, salvo los de carácter oral-anal.
La relatividad de esta clasificación se manifiesta en que una misma identity puede ser anal para quienes se encuentran en un nivel inferior de la jerarquía «wow», y oral para quienes están por encima (por supuesto, no existe ninguna «identity en sí»: se trata de un puro epifenómeno).
La jerarquía lineal formada por el conjunto de identities dispuestas de este modo se denomina cuerda corporativa. Es una especie de perpetuum mobile social; su secreto consiste en que toda identity debe compararse constantemente con otra situada un peldaño por encima.
En el folclore, este gran principio se refleja en el dicho «To keep up with the Jones» («No quedarse atrás de los Jones»).
Organizadas según el principio de la cuerda corporativa, las personas se asemejan a peces ensartados en un hilo. Pero, en nuestro caso, estos peces aún están vivos. Más aún: bajo la acción de los factores «wow» oral y anal, parecen arrastrarse a lo largo de la cuerda corporativa en la dirección que perciben como la cima.
Lo hacen impulsados por el instinto o, si se prefiere, por la aspiración al sentido de la vida. Y el sentido de la vida, desde el punto de vista de la metafísica económica, consiste en la transformación de la identity oral en identity anal.
La situación no se limita a que el sujeto, afectado por la acción de los tres factores «wow» residuales, se vea obligado a percibirse a sí mismo como una identity. Al entrar en contacto con otra persona, ve en su lugar otra identity.
Absolutamente todo lo que puede caracterizar a un ser humano ha sido ya correlacionado por la cultura de la Edad Oscura con el sistema de coordenadas oral-anal y situado en el contexto de un boca-culismo generalizado y sin límites.
El sujeto wow reprimido analiza a cualquier persona que encuentra como si fuera un clip saturado de información comercial. La apariencia, el habla y el comportamiento del otro se interpretan inmediatamente como un conjunto de símbolos «wow». Surge un proceso muy rápido e incontrolable, compuesto por una secuencia de impulsos «wow» anales, orales y de supresión que se encienden y se apagan en la conciencia, determinando así las relaciones entre las personas.
«Homo homini lupus est», reza un célebre latinismo. Pero el hombre hace tiempo que dejó de ser un lobo para el hombre. El hombre para el hombre ya ni siquiera es un image-maker (creador de imagen), ni un dealer, ni un killer, ni un distribuidor exclusivo, como suponen los sociólogos contemporáneos. Todo es mucho más simple y más terrible. El hombre para el hombre es un «wow» —y ni siquiera un hombre, sino exactamente el mismo «wow». Así, proyectado sobre el sistema moderno de coordenadas culturales, este dicho latino suena así: «¡Wow, wow, wow!»»
Esto no se refiere solo a las personas, sino a todo lo que entra en nuestro campo de atención. Al evaluar aquello que vemos, experimentamos una angustia opresiva si no encontramos estímulos familiares. Se produce una especie de binarización de la percepción: cualquier fenómeno se descompone en una combinación lineal de vectores anales y orales. Cualquier imagen posee una expresión monetaria precisa. Incluso cuando se presenta como deliberadamente no comercial, surge inmediatamente la pregunta de cuál es el valor comercial de ese tipo de no comercialidad. De ahí esa sensación bien conocida de que todo se reduce al dinero.
Y en efecto, todo se reduce al dinero, porque el dinero hace tiempo que se ha reducido a sí mismo, y todo lo demás está prohibido. Los estallidos oral-anales se convierten en la única reacción psíquica permitida. Toda otra actividad mental queda bloqueada.
El sujeto del segundo tipo es absolutamente mecánico, porque no es más que el eco de procesos electromagnéticos en los circuitos electrónicos del televisor. La única libertad que posee es la libertad de decir «¡Wow!» al comprar otro producto —que, por lo general, resulta ser un nuevo televisor. Por eso los impulsos de control de Oranus se llaman impulsos «wow», y la ideología inconsciente del identialismo se denomina wowismo. En cuanto al régimen político correspondiente, a veces se lo llama telecracia o mediacracia, ya que el objeto de las elecciones (y, como se ha mostrado antes, incluso su sujeto) es un programa de televisión.
Conviene recordar que la palabra «democracia», tan frecuente en los medios modernos, no es en absoluto la misma «democracia» que existía en el siglo XIX y comienzos del XX. Se trata de homónimos: la antigua «democracia» deriva del griego «demos», mientras que la nueva procede de la expresión «demo-version».
Resumamos.
El identialismo es el dualismo en una fase de desarrollo en la que las grandes corporaciones culminan la redistribución de la conciencia humana, la cual, sometida al efecto continuo de los impulsos «wow» oral, anal y de supresión, comienza a generar por sí misma tres factores «wow», lo que conduce al desplazamiento estable y permanente de la personalidad y a la aparición, en su lugar, de la llamada identity. El identialismo es un dualismo con una triple característica: a) muerto; b) podrido; c) digitalizado.
Se pueden dar múltiples definiciones de identity, pero carece de sentido, ya que en realidad no existe. Si en etapas anteriores de la historia era posible hablar de la opresión del hombre por el hombre o por abstracciones, en la era del identialismo ya no es posible hablar de opresión. En esta fase desaparece por completo aquel por cuya libertad se podría luchar.
Por eso el fin del mundo, del que tanto hablaron los cristianos y al que conduce inevitablemente la wowización de la conciencia, será absolutamente seguro en todos los sentidos: porque desaparece aquel a quien el peligro podría amenazar. El fin del mundo será simplemente un programa de televisión. Y esto, camaradas, nos llena a todos de una felicidad inefable.
Che Guevara
Monte Sumeru, eternidad, verano.
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